iadarve/ septiembre 5, 2018/ Random/ 0 comments

Algo ha cambiado. Ha sido como una epifanía, una revelación. He imaginado otra realidad posible y ya no hay vuelta atrás. El mundo material sigue hacia delante, todo permanece estable en la superficie, pero una imagen se formó en mi mente y tiene tanto o más impacto que cualquier acontecimiento externo. Lo imaginé, lo creé, así que, aunque sea sólo para mí, ahora existe.

Dicen que la capacidad de abstracción del ser humano ha sido fundamental para su desarrollo evolutivo. Somos capaces de crear porque en un momento previo imaginamos algo que aún no estaba, después actuamos para llevarlo a cabo y lo convertimos en real

¿Imaginar aquello que deseamos es entonces el principio de todo?

Deleuze habla del deseo no como una carencia, sino como una producción. Maite Larrauri explica en El deseo según Gilles Deleuze que, para el filósofo, no deseamos algo en concreto  sino que el deseo es siempre deseo de un conjunto. Larrauri pone un ejemplo sencillo: “vas por la calle y ves a una chica que te gusta, ves una falda, un rayo de luz, una calle particular. La falda, el rayo de luz, la calle forman un conjunto y tú deseas ese conjunto, deseas ese mundo en el que se cruzan un cuerpo, un paisaje particular, una hora determinada, el movimiento ondulante de una falda”. Por eso nos dice, “con mundos es con lo que siempre hacemos el amor”. Deleuze le da mucha importancia al hecho de desear en sí. Al contrario de lo que podríamos pensar, el filósofo nos dice que es más relevante y más compleja la elaboración del deseo que la consecución del mismo. El deseo es el impulso, la vida, el movimiento. Entonces, ¿qué hay de mi visión, aquella de la que os hablaba al principio? Probablemente sea un deseo, como no puede ser de otra manera, un deseo de conjunto. Pero, ¿es transformador?, ¿sirve para algo?

Leo Solterona, de Kate Bolick, y hay un párrafo en el que me habla directamente a mí. Me explica que mi epifanía era un “yo posible”. Es decir, que se trata de una de las ideas posibles de quién queremos ser algún día (cuando esa imagen es positiva para nosotros) o de quién tenemos miedo de convertirnos (cuando la imagen es negativa). Bolick, siguiendo una investigación de H. Markus y P. Nurius de los años ochenta, explica que “estos yos posibles son cruciales porque es a lo que se recurre para dar forma a la percepción de uno mismo en la actualidad”. Afectan a nuestra idea de nuestro pasado, pero también a quién somos en ese mismo instante puesto que influyen notablemente en nuestras motivaciones y, por lo tanto, en nuestro modo de actuar en el presente. Es decir, pensar en un determinado “yo posible” nos está cambiando ahora mismo.

¿Qué sucede cuando el deseo no se limita a lo personal? El educador brasileño Paulo Freire creó el concepto “inédito viable” que, personalmente, me resulta fascinante. Por una parte está el inédito, formado por aquello nuevo y desconocido. Es el lugar deseado, la utopía, la realidad a la que aspiramos. Pero el propio término nos habla también de viabilidad, de la responsabilidad de encontrar un camino que nos acerque a lo inédito teniendo presente en cada acto y en cada palabra cuál es el lugar al que nos dirigimos. Aún siendo conscientes de que las probabilidades de que el mundo al que aspiramos se materialice son escasas, tener siempre en mente el inédito nos da una referencia, otorga un contexto y un sentido global a lo que hacemos.

Existe el deseo como grito desesperado, como necesidad imperiosa de tener o conseguir algo, pero también está el deseo sano, productivo y constructivo del que os vengo hablando. Éste último es imprescindible para la motivación y para la elaboración de aspiraciones más complejas. Es un haz de luz que surge a menudo de forma impredecible, sólo perceptible en la mente de quién lo alberga. Y precede al primer paso, el salto al vacío.

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